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Dépor

ASÍ LO VIVIÓ RIAZOR | Entrega, ilusión y orgullo hasta el último aliento

Más de 28.000 seguidores hicieron rugir las gradas de un estadio herculino que volvió a lucir como en las grandes citas.

La afición del Deportivo durante el partido de Copa contra el Atlético
La afición del Deportivo durante el partido de Copa contra el Atlético
PATRICIA G. FRAGA
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Riazor se encendió mucho antes de que el balón empezara a rodar. Era día laborable, las nueve de la noche, pero nada de eso importó. Desde la previa se respiraba, como es habitual, fútbol en A Coruña, pero además, se sentía una ilusión que se contagiaba. “Va a pasar el Dépor, confío en mi equipo”, afirmaba un aficionado al micrófono de Dxt Campeón. Calles llenas, bufandas al cuello, cánticos que nacían en alguno de los bares donde normalmente se juntan los blanquiazules para hacer la previa, pero esta vez, terminaban recorriendo toda la calle. 

Llegaban tocados, con cinco jornadas seguidas sin ganar en liga, pero era la noche de los imposibles. Esos días que todo puede pasar. Enfrente aparecía un Atlético de Madrid herido tras la eliminación en la Supercopa ante el Real Madrid. El contexto invitaba a la épica. Y la gente respondió.

El club pidió compromiso y la afición lo devolvió con creces: más de 27.000 confirmaciones de asistencia a pesar de la fecha y la hora del encuentro. Riazor presentó una imagen imponente. El himno gallego resonó cuando los jugadores saltaron al césped. En el centro del campo, un círculo de músicos lo interpretó en directo mientras niñas y niños rodeaban el terreno de juego ondeando banderas blanquiazules. Las bufandas se alzaron al cielo al unísono y toda la grada cantó con orgullo. Fue de esos momentos que explican por qué el fútbol va mucho más allá del resultado.

La primera parte estuvo a la altura del escenario. Igualada, intensa, con ocasiones para ambos equipos y con un Dépor valiente, sostenido por una afición que no dejó de creer ni un segundo. Cada posesión del Atlético era recibida con silbidos para incomodar, cada intento del conjunto de Antonio Hidalgo con aplausos, asumiendo todas las acciones con una sensación de que algo podía pasar.

El partido se fue al descanso sin goles en el marcador y un saxofonista ingresó en el verde para amenizar la espera a los 28.577 espectadores que acudieron a vivir la eliminatoria en primera persona. Comenzó la segunda parte y en el minuto 61, Riazor enmudeció por primera vez. Griezmann se preparó para lanzar la falta señalada por el colegiado al borde del área, pero los miles de silbidos que subieron los decibelios por unos segundos en el estadio herculino no fueron suficientes para que el francés no colara el balón en la portería de Germán Parreño. Silencio. Una rayita menos de esperanza en las mentes blanquiazul.

Apenas tardaron unos segundos en recomponerse, pero, a pesar de que remaron hasta el final, y el "sí se puede" volvió a la grada en unos minutos finales de infarto, no pudieron celebrar el pase a cuartos de final. Pero aunque por unos segundos la desilusión tuviera un sitio libre al lado de cada deportivista, el orgullo de la imagen que dio el equipo, y sobre todo, la esperanza de que jugando así el objetivo liguero es posible, provocaron que la última instantánea que vieron los futbolistas del Deportivo antes de dirigirse al túnel de vestuarios fuera la de su afición entregada para despedirles con una gran ovación y la mente puesta ya en el compromiso de este domingo en Almería.

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