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Ir a Las Palmas es una gozada. Y más si puedes tomar como disculpa un partido del Dépor en una fecha como está. Pasando frío por estos lares y allí disfrutan hoy de 18 grados. Que tal vez no esté para tomar un baño, pero sí para pasear cuando caiga la tarde con una rebequita por los hombros. Son muchas las veces que anduvimos por esas latitudes. De hecho, una vez en un viaje familiar acabé en el pabellón de deportes ‘La Montaña', de la localidad de Gáldar, viendo un partido de fútbol sala que jugó, en la máxima categoría, el conjunto local frente a los coruñeses del Coinasa.

Pero tal vez y relacionado con la profesión, el día que más recuerdo es en el mes de octubre de 2019. No por el resultado, desde luego, porque perdimos 3-0 con una actuación estelar de un tal Pedri, canario de nacimiento que por aquel entonces ya era del Barça y estaba cedido en los “amarillos”. La semana anterior, sin mucha esperanza de conseguir contactarlo, llamé a Valerón. En los programas radiofónicos que presentaba era duro con él, fundamentalmente porque para otros parecía un dios. Y para mí era un grandísimo jugador, y mejor persona, pero no tenía nada que ver (como para otros) con Maradona, Cruyff o Messi. Me contestó positivamente a la propuesta. Llevé equipos técnicos para montar un improvisado estudio en el salón del hotel en el que me hospedaba y que a él le venía bien para acercarse. Le dije a mi compañera Sara Gallego que contase con que la entrevista, en directo, duraría más o menos veinte minutos y que preparara el resto de temas para el programa. Charlamos unos minutos, nos tomamos algo y comenzamos a hablar a las 14.05 horas. Charlamos de lo divino y de lo humano. De fútbol, de anécdotas, de compañeros, de partidos, de rivales, y hasta de religión. Y por supuesto de cómo le iba la vida tras ser jugador de fútbol. La entrevista acabó, normal estando yo por medio, a las 14.59 horas.

Seguí conversando con él unos minutos y comenzó a firmar por el salón algún autógrafo. Aproveché, recogí los equipos y me fui a dejarlos a la habitación. Estuve entretenido con algo, supongo que con el móvil, bajé para ir a comer sobre las cuatro (como se suele decir, las tres en Canarias) y allí estaba todavía Juan Carlos tirándose fotos con el personal del hotel. Un hotel grande, junto al comienzo de la Playa de las Canteras, y con mucho personal trabajando. Es un detalle, pero habla bien a las claras de esa humanidad del mago de Arguineguín. Ese viaje, salvo el resultado, fue positivo. Viajé desde Madrid en un Iberia Express. En la fila uno, sin nadie al lado. Iba en turista, pero me acoplaron allí. Y una azafata muy amable me entró al trapo de hablar de aviones, que es uno de mis temas favoritos. Y antes de llegar me invitaron a aterrizar en cabina. Borja Muñoz, madrileño, era el piloto. Álvaro, el ‘copi’, y la azafata Laura, de apellido Lema, bastante gallego.

Por cierto, a Arguineguín, la localidad natal de Valerón, fui en otra ocasión y paseando por la playa vi una escuela de buceo donde había una piscina con agua cristalina que me llamó la atención. Era grande, aunque de profundidad no tenía ni 40 centímetros, y a uno que parecía responsable del sitio le pregunté si allí iban muchos niños pequeños a bañarse. Me contestó que eso era una piscina ¡para lavar los equipos de buceo y quitarles la sal del mar antes de guardarlos! Y sobre temas gastronómicos y de visitar, no cabe duda que la Playa de Las Canteras tiene su aquel, pero para comer, salir de copas y dar una vuelta hay que ir a Vegueta que es la zona histórica de la ciudad. La isla tiene mucho que ver si tienen tiempo. Son zonas muy turísticas Maspalomas, la Playa del Inglés o la zona de Vecindario, siempre relacionada con la “Operación Avecilla” que promovió el presidente Lendoiro en una serie de intercambios de fichajes. ¡Ah, por cierto! Volviendo desde el estadio a la ciudad (ocho kilómetros) en un taxi, el conductor nos dio pelos y señales de la vida privada de Rubén Castro, que por supuesto no voy a comentar. Fue muy curioso. Pero esto no es “Sálvame”.