Cómo ser Antonio Hidalgo
En la Torre de los Maestros, en plena calle Juan Flórez, existe un entresuelo que casi nadie conoce. Al fondo de un pasillo poco iluminado, de tan poca altura que se gatea más que se camina, aparece una puerta que conduce a una estancia forrada del suelo al techo con souvenirs deportivistas. Si se aparta la caja que contiene el chándal incólume de Javito, se descubre un agujero en la pared. Aquel que repta por él hacia un fulgor desconocido es transportado mágicamente al interior de Antonio Hidalgo. Durante un cuarto de hora puede formar parte de él, estar en su cabeza mientras discurre la estrategia del próximo partido, ver a través de sus ojos cómo entrenan los muchachos en Abegondo, sentir cómo su ceja se arquea cuando se sienta ante un micrófono. Al cabo de esos quince minutos, uno vuelve en sí y se manifiesta violentamente escupido en una cuneta de Lavedra, no muy lejos del Continente, alterado para siempre por la experiencia.
A Charlie Kaufman se le ocurrió una chaladura así y Spike Jonze la hizo cine en 1999. "Cómo ser John Malkovich" es una película como ninguna otra película. En ella se plantea cómo sería habitar a otra persona, hacer turismo dentro de ella y, llegado el caso, vivir su vida tomando nuestras decisiones en lugar de las suyas. En otras palabras, es el sueño de cualquier aficionado al fútbol que querría ser entrenador en lugar del entrenador de su equipo.
El último fin de semana del míster del Deportivo (comparecencias previa y postpartido de Zubieta, unidas a la cámara indiscreta del propio club durante el gol postrero de Mario Soriano) habla de una cabeza más convulsa que la situación en Oriente Medio.
A Hidalgo no le gustó la energía pesarosa de la afición tras el último triunfo en Riazor. También le vino mal la obligación de explicar una victoria feliz tras un partido triste frente a la Real B (despachó las tres primeras preguntas de la rueda de prensa repitiendo la misma respuesta) y, en general, se le notó tenso ante unas expectativas que nunca se ven colmadas. Después elogió a la misma afición que le había gritado unos minutos antes "¡Hidalgo, vete ya!" y, más tarde, no sin retranca, "¡Hidalgo, quédate!". Finalmente añadió que estaba en el mejor club en el que puede estar. Hay gente que recita el padrenuestro con más convicción.
Ojalá poder acceder a su cabeza por una puerta, como si fuese John Malkovich, y convencerlo desde sus entrañas de que no merece la pena hacerse mala sangre. Su balance de puntuación es excelente, el segundo mejor de la categoría; el equipo gana la mitad de los partidos que juega; pese a las carencias evidentes del plantel para sostener la presión defensiva, solo cinco equipos encajan menos. Superaría cualquier auditoría de gestión.
Pero si yo estuviera dentro de él, sería menos suspicaz. Escucharía a los que me contasen que el entorno es una balsa de aceite como no lo ha sido en muchos años. Aceptaría la inocencia de los aficionados que solo pretendemos que los 90 minutos de fútbol de la semana nos tengan más cerca del aplauso que de la resignación. Seguiría haciendo de parapeto de mis jugadores en sus peores momentos, manteniendo la ilusión de que son un grupo sin parangón en la categoría aunque sus prestaciones no siempre la sostengan. Y, por si acaso, continuaría buscando respuestas a qué hacer el día que el resultado no acompañe. Y es ese día, precisamente, cuando no querría ser Antonio Hidalgo.
